Las manos del Cautivo

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No son delicadas, ni blancas, ni finas. No se asemejan a la azucena, ni al nardo ni al nácar… Son las manos de un pobre carpintero de Galilea, que acepta en silencio las cebaduras del pecado y la injusticia. Son la parihuela de la vida. Las que cargan el dolor de los débiles. Las que sujetan el llanto silenciado por el terror, que cruza alambradas buscando en Europa un futuro imposible en la tierra de los Fenicios. Son la zambrana a la que se agarran con fuerza las víctimas del odio integrista, que no acepta más verdad que aquella que consienten sus crueles ojos. El cubículum donde los cristianos se esconden, dentro de una catacumba que teme la ira de los enemigos de la fe. Son las que despertaron a Constantino del sueño con una cruz invencible. Aquellas por la que sangraron tantos hombres en las Cruzadas. Son el báculo que sirvió de excusa a la ignominia de la Inquisición en épocas pasadas; y la alegría que rebosa en los misioneros de hoy día.

Sus manos son el referente que Miguel Ángel halló en Carrara y Montañés dentro de una viga de cedro. Son las que sujetaron el cordero como Buen Pastor imberbe y las que expulsaron a los impíos en el fresco de la Sixtina. Son el clavo ardiendo, al que se agarran los desesperados con fuerza. La última parada de un autobús sin retorno, que corre demasiado. Es, el refugio de todos los que buscamos una explicación coherente a nuestra existencia…

Manuel Enrique Huertas León

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