Cargó con nuestros pecados


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Una de las mejores definiciones que se han hecho de la imagen de Jesús Nazareno en su pasión y en su caminar hacia el Calvario es aquella que dice que «el Nazareno es la proyección del pueblo mismo, de su experiencia colectiva de opresión de siglos»1.Cuando cada mañana de Viernes Santo contemplamos el caminar fatigoso de Jesús hay algo en nosotros que nos identifica inmediatamente con él: la cruz que porta es nuestra cruz, la tuya y la mía.

Es durante la mañana del Viernes Santo cuando los visueños se ven envueltos por la bendición de Jesús que sale a la calle para visitar a su pueblo y para ayudarnos a portar nuestras propias cruces, entre las cuales siempre está la cruz de la ausencia. La grandeza de la mañana del Viernes Santo está en el poder de Jesús para reunir a las familias alrededor a su imagen, pero siempre queda el recuerdo de aquellos que ya no están: pensamos cada año en lo que nos hubiera gustado estar allí viendo a Jesús con mi padre, mi madre, mi abuela, mi abuelo…. Y no están, pero en verdad están presentes, porque el poder de Jesús se manifiesta en el recuerdo vivo de aquellos que se fueron, pero que cuando vemos pasar al Nazareno parece que ellos están allí a nuestro lado. Esa es una de las grandezas de Jesús: la grandeza de mantener vivo el recuerdo de aquellos con que un día vimos caminar a Nuestro Padre Jesús.

Pero más allá de los reconocimientos, títulos y homenajes públicos, el verdadero poder de Nuestro Padre Jesús se hace visible en la esfera de la vida diaria, en los escenarios más recónditos y familiares del ser humano2 en los cuales, cada mañana, el convento se convierte en un lugar de peregrinación donde los hijos de El Viso acuden a pedirle bendición al Señor. En esa esfera íntima solo el Señor sabe la cruz que porta cada persona que le implora, mientras que con su dulce mirada nos da consuelo y nos habla a cada uno de nosotros diciéndonos: yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia3.

La vida y la muerte son por tanto las dos caras de una misma moneda, son como el estipes y el patíbulo de la cruz que porta el Nazareno, los dos caminos en los que todos los que somos devotos de Jesús invocamos a diario en su jaculatoria: Dulce Jesús de mi vida, que la cruz lleváis por mí, en la vida y en la muerte, Señor acordaos de mí.

Ángel Martín Roldán

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